De lo relativo del frío y la vida.

El frío es relativo. Hemos pasado la última semana en -8 y hacía abajo. El mundo parece estar detenido y en lugar de vecinos hay unas redondas y mullidas criaturas que corren del auto a la casa y viceversa. No hay tiempo de dar los buenos días o detenerse a conversar en la acera. ¡Ah esas conversaciones de verano!

Este es mi tercer invierno en el frío. He dejado de sufrirlo, pero también de disfrutarlo. No me malinterpreten. Los copos de nieve haciendo piruetas a caer y la tierra recién cubierta por un impoluto manto blanco me sigue fascinando. Pero la nieve es escasa y el frío abundante. Peor aún son las calefacciones que resecan el aire, que reseca mi nariz, que me provoca tos, etc.

Por eso es ideal tener la refrescante perspectiva de un niño de 4 años que osa correr en calzoncillos por la casa mientras los demás nos rehusamos a dejar siquiera la cama. Un niño que pide a gritos salir a caminar apenas ve caer los primeros copos de nieve y no entiende porque no queremos ir al parque a pasar horas corriendo. ¡ah, aquellas horas de verano!

Pero este frío invernal me ha llevado por otros derroteros que no necesariamente tienen que ver con la inocente perspectiva de un niño contra la amargada y vapuleada perspectiva de un adulto. Este invierno me ha hecho pensar en lo relativo. Lo relativo del frío. Lo relativo del calor. Lo relativo de la vida.

Crecí en un ambiente donde algo “Relativo” era pecado. No exagero. Hablar de verdades relativas o ética relativa era blasfemar lo más sagrado. Crecí sabiendo verdades por puños y mirando con mala cara a aquel que se atreviera a llevarme la contraria. En aquel entonces era fácil clasificar a las personas como buenos o malos siempre en perspectiva de si estaban en desacuerdo o en acuerdo con mis verdades. Era buenos tiempos, tenía el blanco y el negro completamente separados ¿Áreas grises? ¡Ay de los herejes!

Sin embargo, de un tiempo a esta parte mi paleta de colores se ha ampliado. Ya sé, soy un blandengue, falto de convicciones, débil, etc. Y de pronto no es tan fácil levantar el dedo para acusar a los demás. Las verdades que solía tener se me han escurrido entre las manos y he tenido que aprender a abrazar la incertidumbre y al igual que al frío de a poco voy acostumbrándome.

El frío es relativo. Lo sé cuando veo a mi niño de 4 años a medio vestir por la casa y recuerdo cuantas peripecias hacía yo el primer invierno intentando transferir el calor tropical de Panamá a la habitación donde dormíamos. Este invierno ya como un veterano suelo decir que -2 es una buena temperatura para salir a caminar un rato y -0 bien podría ser motivo de ir a dar unas cuantas vueltas a la piscina.

Algún que otro amigo viajero que ha pasado por estas tierras se escandaliza cuando sienten el “frío” de Octubre y yo he osado decir: -Eso no es frío, deberías venir en enero.

Supongo que sigo creyendo que tengo algunas verdades, que puedo determinar que es frío y que es caliente no solamente para mi sino para todos. Las escalas de Fahrenheit y Celsius son nimiedades en comparación con la sensación térmica de mi piel.  Y de pronto me entra la humildad y la retrospección. El frío es bueno para eso. Me doy cuenta de que no tengo que zanjar todas las discusiones y que tampoco es necesario dar mi opinión todo el tiempo. Ya sé, ya sé, yo también estoy en shock.

El frío es relativo como tantas otras cosas y eso no esta mal. Aquello de que lo relativo es malo es, en definitiva, relativo.

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