Otro de invierno.

Temprano en la mañana escuché a Dominic llorar. Ha estado enfermo los últimos días y yo soy uno de esos padres “preocupones” así que me acerqué hasta su cama.

– ¿Qué pasa?

– Estoy triste… -todo entre balbuceos de alguien a quien acaba de pasarle algo serio.

– ¿Por qué estas triste? – pregunté un tanto aliviado que su respuesta no fuera un dolor de estómago.

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Noche de vomitos.

Levantarse cubierto de vómitos a las 2 de la mañana no entra en el top ten de las ventajas de ser papá. Estoy seguro. Pero pasa de vez en cuando. Anoche, Dominic se deslizó hasta nuestra cama buscando calor, supongo. Oliver, sin embargo, se le había adelantado y estaba comiendo. No había espacio para Dominic.

Es en esos momentos cuando cruza por mi cabeza que en un par de años Dominic no querrá pasarse a nuestra cama. Así que, le digo que iré con él para acostarme en su cama. Acostarse en la cama de un niño de 4 años, para quien no sepa, equivale a recibir patadas y codazos toda la noche y uno que otro abrazo que compensa el resto del daño.

Unos cuantos minutos más tarde estoy cubierto de vómitos mientras Dominic se encarga de distribuirlo equitativamente entre mi suéter, las almohadas y las sábanas. Dominic no sabe qué pasa. Le explico que vomitó y que es así como nuestro cuerpo nos dice, a veces, que hay algo en nuestro estómago que debe salir y rápido.

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De lo relativo del frío y la vida.

El frío es relativo. Hemos pasado la última semana en -8 y hacía abajo. El mundo parece estar detenido y en lugar de vecinos hay unas redondas y mullidas criaturas que corren del auto a la casa y viceversa. No hay tiempo de dar los buenos días o detenerse a conversar en la acera. ¡Ah esas conversaciones de verano!

Este es mi tercer invierno en el frío. He dejado de sufrirlo, pero también de disfrutarlo. No me malinterpreten. Los copos de nieve haciendo piruetas a caer y la tierra recién cubierta por un impoluto manto blanco me sigue fascinando. Pero la nieve es escasa y el frío abundante. Peor aún son las calefacciones que resecan el aire, que reseca mi nariz, que me provoca tos, etc.

Por eso es ideal tener la refrescante perspectiva de un niño de 4 años que osa correr en calzoncillos por la casa mientras los demás nos rehusamos a dejar siquiera la cama. Un niño que pide a gritos salir a caminar apenas ve caer los primeros copos de nieve y no entiende porque no queremos ir al parque a pasar horas corriendo. ¡ah, aquellas horas de verano!

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Y ¿Por qué otro blog?

Esto no es una promesa de año nuevo. Hace bastante tiempo deje de hacerlas, más por vergüenza que por cinismo. Tampoco es un diario de sufrimientos sobre lo difícil que es ser papá, y conste que a ratos lo es. No es una vitrina para exhibir mi abnegación, no es eso lo que tengo, ni, MUCHO MENOS, una guía de paternidad. Esto es un desahogo. Un grito al vacío.

Espero que me lean ¿Quién no? Pero si nadie lo hace igual este sitio habrá cumplido su cometido.   Escribo como un padre de dos que se ha dado cuenta que no sabe nada.

Ayer fue mi primer día solo con Oliver y Dominic. Dominic tiene cuatro años, Oliver tiene 3 meses. En ninguno de mis planes de vida me veía a los 33 años en casa cuidando a mis hijos mientras mi esposa trabaja. Así me ha tocado la baraja.

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